Parece muy aventurado
considerar que “La vida es una competencia en el uso eficiente de los
recursos energéticos disponibles”. Sin embargo, la Termodinámica clásica lo
demuestra.
La energía desde un
punto de vista clásico y etimológico es “la fuerza de acción” o la “fuerza
de trabajo”, resultado de la interacción entre fuerzas hasta el punto de
provocar un desplazamiento. Si se opta por una definición más esmerada podría
definirse como “la capacidad de provocar una razón de cambio de momento lineal
entre dos partículas o sistema de partículas”.
Pero al fin de
cuentas, la energía es la capacidad de realizar una actividad, para generen un
desplazamiento que llamamos trabajo.
Más allá de las
interpretaciones minimalistas o excesivamente complejas, la física nos ha
demostrado que la energía de conserva a lo largo del tiempo mediante
transformaciones sucesivas.

La Ley de Conservación de la energía es tan importante que la vida misma depende de la transformación de la energía, manteniendo la cantidad total de energía constante a lo largo del tiempo. Parafraseando al predicador en la Vulgata Latina “nihil novi sub sole”[1], en ocasiones hay mucha ciencia en las religiones heredadas.
La conservación de la energía, no tuvo una aplicación práctica hasta que Rudolf Clausius (1850) y Lord Kelvin (1851), de manera independiente desarrollaron la Primera Ley de la Termodinámica, que permitió demostrar que el calor suministrado (Q) es igual al trabajo realizado (W).

En términos de
variación de la energía del sistema ΔU esta ley puede ser
replanteada como: ΔU=Q+W. Las implicaciones de esta ley, son la
base del aprovechamiento de la energía en los sistemas de transformación de la
energía.